viernes, 30 de septiembre de 2016

Madre, te veo

Este pequeño desahogo va dedicado a mi madre, no solo la mujer, sino el ser humano más grande que he conocido en mi vida.


Escrito Por: Fátima Calderón

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Te he llamado hoy porque me sentía abrumada. Hablamos de los abuelos y de la casa de Minerva, las hazañas de la perrita, e intercambiamos recetas para veneno de cucarachas. Tu sola voz me tranquilizó, y pude respirar de nuevo. ¿Por qué todo se siente tan seguro cuando estás cerca?

Tengo 37 años y todavía a veces quiero ir corriendo a refugiarme en ti. Eres la única que oye todo lo que digo y entiende todo lo que callo.


Siempre han dicho que nos parecemos, pero ahora siento que por fin estoy aquí, en tus zapatos. Durante los tiempos más duros con mis propios hijos, me doy cuenta de lo que has hecho por mí. Algunos días me siento como si nadie me escucha. Nadie me ve. A veces, me siento como que doy y doy, y me piden que dé aún más. Y que todo lo que doy pasa desapercibido. Porque al final de cada día, la casa sigue desordenada, el lavabo está lleno de platos, y hay juguetes y papeles regados por doquier. El suelo del baño está cubierto con agua y toallas húmedas, y ni siquiera yo misma puedo recordar lo que he logrado hacer durante el día.

A veces siento que eres tú la única que ve lo que hago. Tú eres la única que sabe cuánto doy y cuánto amo.

Durante momentos me vienen recuerdos de lo que tú misma has dado – el pedazo extra de queso que le hecho a los niños y no me como yo. Aun ahora, tú me dejas el último pedazo a mi si yo lo quiero, porque “no te gusta” o “no te lo ibas a comer de cualquier manera”. Y siempre te creí, hasta que yo también me convertí en madre.

Durante mis propios momentos de sacrificio, me doy cuenta de lo mucho que todavía sacrificas por mí. Durante todo el día, escucho historias de todos los demás, sus noticias y logros. Miro castillos de Lego, saltos maromas, y patadas de karate en el aire. Miro barras siendo escaladas y toboganes siendo escalados al revés. Me piden que vea y escuche lo que todos hacen, y después cuando todo el mundo está por fin en cama, tengo una pequeña porción de tiempo para acordarme de mi.

Y sé entonces que he hecho lo mismo contigo, que te he tratado igual, incluso ahora. Te llamo solo para contarte todas las cosas que quiero que escuches de mi vida. Eres la única que escucha con atención a cada palabra y se siente emocionada por mí como nadie más lo hace. Cuando colgamos el teléfono, me doy cuenta de que nunca te pregunté cómo estabas.

Eres mi lugar seguro. La que me mima y me hace sentir tan especial, por lo oído, y nunca lo había apreciado de lleno hasta que me di cuenta de lo que se siente estar en el otro lado, ser el lugar seguro para otra persona.


Yo solía pensar que había dejado de necesitarte hace mucho tiempo, que estaba abriendo nuevos caminos que nunca tomaste. Y a veces dejas que me lo crea. Pero siempre has estado siguiéndome al paso, fuera de la vista, siempre estando ahí para ayudarme a levantar si me caigo, al igual que lo ha hecho desde que era una niña. 

“Gracias” ni siquiera se acerca a expresar lo que siento, pero yo sólo quiero que sepas que ahora te veo. Te veo todo el día, en mis horas más oscuras y en mis momentos más felices, cuando observo a mis hijos. Veo lo que sacrificaste, lo que sacrificas, y lo mucho que amabas y que amas. Por fin te veo, mamá.
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